Cayó una tromba de agua en aproximadamente una hora sobre Sevilla y el Sánchez Pizjuán parecía un lago. Lluvia torrencial y hasta granizo. Todo indicaba que no se iba a jugar. Todos queríamos que no se jugara. Sesenta litros por metro cuadrado eran muchos litros.

¿Por qué no queríamos que se jugara? Porque estamos pensando en la Champions, porque en ese campo el riesgo de lesiones es mayor y así los jugadores descansaban para el decisivo partido del miércoles.

Pero deja de llover y el césped del Pizjuán empieza a absorber, absorber y absorber y hasta el verde tiene buena pinta para jugar.

Sin embargo, queda una franja junto a uno de las bandas llena de agua. El árbitro, Teixeira Vitienes, da un nuevo tiempo de espera para decidir. Sale, pone el balón sobre el terreno para ver si bota, como por lo visto manda el reglamento y finalmente lo suspende.

Yo, sin embargo, que muchas veces le busco los tres pies al gato, dudo de que la decisión fuera la más reglamentaria. Y es que había que ver a los empleados del Sevilla achicar agua con unas escobas y con qué sangre hacían su tarea, algunos riendo incluso.

Al Barça le viene bien, al Sevilla, que se juega el pase el jueves a la final de la Uefa, le viene igual de bien. Por todos, estupendo, pero ¿con otros medios y más compromiso se podía haber jugado el partido?

Ahora habrá que encajar una fecha en un calendario apretadísimo. No hay miércoles libres de aquí al final de liga y el partido se debería jugar antes de la última jornada. ¿Cómo se resolverá ahora el problema? ¿Se pospondrá una semana el final liguero?